divague.com
Introduzca los términos de búsqueda.
Envíe el formulario de búsqueda
Web
www.divague.com
C
omo llegué a dormir finalmente
Caminé a través del bosque evitando pisar espacios carentes de pasto. Me encontré con un conejo que distraído, sin nada mejor que hacer me dije, proyectaba con sus patas sombras de humanos sobre una pared. Avancé pues detrás de mí estaba el yo perdido. Miré al cielo pero era de día, así que corrí. Disminuí la aceleración primero, la velocidad después. Al hincarme, descubrime en medio de un estanque que como los recuerdos, escondían algún secreto debajo de aquella otra superficie. A veces quisiera verme desde fuera buscándome a través de la ventana; sin escuchar ahora al bosque gritarme por estar erguido. Me ha tocado esa suerte en los designios incognoscibles que creemos anteriores y no presentes. Francamente ni en eso creo, prefiero recargarme a comer observando las posibilidades superfluas marchar ante mí. No se me tache por ello de intrascendente, que me encuentro solo caminando en el bosque, aunque existe el rumor de que hay quien me busca. Un rumor llamado destino. Una voz lúgubre negra que me toma por detrás, distraído me inyecta esperanza y se lleva en su lugar tiempo. Tiempo mío quiero decir. Esa zarigüeya que se me atraviesa no puede entenderlo, mucho menos haciendo lo que va haciendo y que moralmente opto por callar. Se dice que la vida es así, pero no se aclara cuál, ni la de quién me dice un personaje más que se llama Sr. Búho. Con el que no entablo conversación ya que me burlo de él por ser diferente a mí. Que contrariedad, esto de ser honesto. No debo socializar siendo un tipo duro y solitario, desinteresado por las flores y los frutos. De los cuales ciertamente me alimenté cuando fui niño, me confié y regalé mi inocencia creyéndome eterno. Creyéndome un caballero andante que por los bosques buscaba demonios y hechiceros servidores del mal. Blandiendo una espada con la que ahora limpio los restos que a mis botas han quedado adheridos. En parte por ello me siento desapercibido, sabiendo que pude haber matado a cientos, a miles. En los bosques atardece más temprano, pero no en el cielo; caminando por lo tanto se contribuye a ello. La fatiga me jala. Parece ser que el rojo no es del gusto de este cada vez más adusto bosque. Un hada me regala algo de agua, roja, precisamente. La bebo directamente y hacemos el amor sin besarnos antes, me doy cuenta de ello. Cuando se queda dormida me sacudo el polvo mágico brillante que me ha dejado encima, espanto a dos ardillas vouyeristas con ciertas dudas y retomo mi camino riendo, consciente de que existe e como tal. Tengo varias necesidades, por lo que me siento a conversar sobre paradojas de tiempo con quien en un principio creí, era el mismo conejo. Más tarde lo mato y me lo como. No muy seguro de mis ojos, los cierro para reposar algunas horas. Por supuesto que duermo sobre un árbol y claro, le pido permiso. Él me lo da, no le queda otro remedio le escucho susurrar, pero ya no tengo ni el tiempo ni el humor para explicarle que no soy así. Que me perdí y que sobrevivo apenas sin pretender siquiera hacerlo, ni buscar en el fondo de mí algo que pueda contarles a ustedes de mí mismo.
Juan Solo
Roma ciento treinta tercero siete
Ellos cuatro
Maestra 1
Maestra 2
menu_inferior